El Cazador o la Presa

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La hierba reseca por el calor del verano rasca sus patas. Suavemente estas se posan insonoras acariciando la sabana. Su peso aplasta la tierra reseca y sus ojos se posan sobre su próximo objetivo.

A lo lejos pueden verse las figuras de las cebras, aun rechonchas por los beneficios de la temporada de lluvias. Beben lo que queda del agua del abrevadero, confundiendose unas con otras entre sus múltiples rayas.

El olor a carne fresca y la visión de los pingües muslos, salvados aun de la despiadada sequía. Lo distrae momentáneamente del Insulto que representa su presencia en su territorio. EL atrevimiento de ni siquiera ofrendar una ofrenda, dejar al descuido algún viejo o alguna cria mas debil que las demás. Se internan en su territorio y consumen lo que es suyo por mérito propio. La furia se apodera de él. Instintivamente se fija en el eslabón más débil de la cadena, una vieja cebra, que ha sido acreedora de indulgencia por la gordura de sus patas traseras. Su furia lo distrae de su hambre.

El sabor de su carne aunque más bien dura sería más de lo suficiente, pero no es la saciedad lo que busca…

El sacrificio debe ser mayor, para honrar lo que han intentado deshonrar. Decide que no solo el sacrificio debe ser mayor, sino que debe ser el mayor. Fuerza sus ojos más allá del hambre, más allá del instinto, pero las rayas lo confunden. Solo escucha. los pasos seguros, la respiración más intensa. Esa es La Presa. De a poco logra reconocerlo entre el pajar de líneas negras que componen la manada. Un joven macho, de carne suave. Casi puede sentir la tibieza de su sangre en el aire, su dulzura en sus labios. La escucha lo lleva a fijar la mirada en lo que ya no dejará de ver hasta que se extinga.

Sigiloso se desliza entre las largas y delgadas hojas de pasto. en un movimiento infinitamente lento y absolutamente insonoro.

La distancia se acorta y puede sentir el pulso de su presa en todo el cuerpo. El olor a la carne pronta a ser devorada genera una chispa que puede verse en sus ojos. Su brillo refulgente como una estrella en el medio de la oscura noche parece no ser detectada por la presa, pero enciende un fuego. Un fuego que nunca sabe si lo que enciende es a él o es que toda la estepa se enciende por un instante, porque solo esta el fuego y la presa, y nada más.

La manada huye al igual que su presa, pero el solo tiene ojos para su objetivo. Por mucho que corra, salte o cambie de dirección el resultado parece ser inevitable.

El último metro parece no terminarse nunca se prolonga casi indefinidamente. HAsta que en un instante el huidizo animal se voltea y el tigre puede ver la misma chispa que tenía en su interior hace solo un momento, pero en la mirada de su presa. Antes de poder siquiera interrogarse qué significa eso, ya sentía el pulso extinguiéndose entre sus mandíbulas. El animal ya no pelea, es una muerte limpia, perfecta.

A la distancia, las crías de lo que ahora solo es un cadáver, aprenden su última lección: Nunca abandones el Combate.

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Acerca de Ju

La mejor descripción que puedo dar esta alojada en mis cuentos, en las historias que salieron de mi y son el espejo de lo que soy, lo que quiero ser y lo que seré. Las Historias que me fundan y me fundaron. QUeres saber de mi, estoy en mis cuentos.
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