Servil

Algunos me llaman servil. El juego de palabras no es de mi agrado, pero… la verdad es que me sienta, aunque sea solo un poco.

Me llaman servil porque a diferencia de los otros no me quejo. No me paso las horas despotricando e insultando al “amo”.

Se quejan amargamente, con dolor verdadero en la voz y en el cuerpo. Pero son tan culpables como quien empuña el puto látigo. Se creen víctimas, y tratan de conmover el alma de otros que con la misma careta tratan de convences a otros de su condición de víctimas mientras cargan en sus espaldas las mismas culpas, los mismos pecados que aquellos a los que llaman “señor”. Son hipócritas, mentirosos tan buenos que se convencieron a sí mismos. Se creyeron que los amos son los malvados, yo ya vi mas allá de eso. Por eso según ellos soy ese “ser vil”. Porque no estoy dispuesto a jugar su farsa, no estoy dispuesto a vender mi alma al diablo del confort. No pienso siquiera en entregarle mi vida al statu quo, pero ellos… ellos ya lo entregaron todo a cambio de nada.

A cambio de las migajas que caen del banquete con el que se sacia su señor, defienden los intereses ajenos. Los Intereses de un señor invisible, inefable, pero por sobretodo inexistente. Aman la mano que les suelta los mendrugos, la misma que los azota, pero creyendo indefectiblemente que son manos distintas. Y como unos pobres perros de guarda atacan a cualquiera que ingrese, sin importar quien sea, o siquiera si les conviene. Su lealtad se compro hace tiempo, y ya no pueden venderla de nuevo. Y ya no importa, no importa el amo, ya no importa el látigo o el mendrugo. Porque el amo ya no esta afuera, entro en ellos el día que vendieron su lealtad. Y esa es la única manera de que el amo sea amo, que le vendamos nuestra alma y le permitamos ocupar el lugar vacío.

Por eso me llaman servil, porque no me quejo, pero tampoco me rindo, y algún día, algún día romperé todas las mascaras, algún día tomaré por la fuerza lo que es mio. Que esta carta sea testigo, que esta carta sea mi pacto de sangre con mi futuro.

Jacinto

Bajo las ruinas de un antiguo silo abandonado encontraron esta carta, entre los dedos rígidos de un cadáver, ahorcado. Las investigaciones dieron por resultado que el cadáver tenía 57 años al morir. En los registros de las plantaciones de la zona se concluyó que se trataba de un esclavo llamado Jacinto. Luego de una juventud turbulenta, se apaciguo y llegó a ser mayordomo del dueño de la plantación. La fecha de deceso coincide aproximadamente con la proclamación de la Emancipación de esclavos en la isla caribeña en la que vivía. Se han Ocultado las fechas, lugares y nombres por pedido explicito de sus descendientes.

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Acerca de Ju

La mejor descripción que puedo dar esta alojada en mis cuentos, en las historias que salieron de mi y son el espejo de lo que soy, lo que quiero ser y lo que seré. Las Historias que me fundan y me fundaron. QUeres saber de mi, estoy en mis cuentos.
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